Hombre leyendo la biblia para conocer a Dios

Conocer a Dios: El estudio más alto del cristiano

Vivimos en una época sumamente acelerada. Todo parece estar gobernado por la utilidad inmediata, por aquello que puede producir resultados visibles, rápidos y medibles. No tenemos tiempo para contemplaciones, ni para asuntos que no parezcan directamente prácticos. Y lastimosamente esta manera de pensar también ha entrado en la iglesia del Señor.

Muchos creyentes quieren saber cómo resolver sus problemas, cómo ordenar su hogar, cómo vencer ciertas luchas, cómo servir mejor, cómo tener una vida cristiana más estable. Y todo esto tiene su lugar. Pero el peligro está en que, buscando lo práctico, terminemos descuidando el asunto más importante de todos: conocer a Dios.

Porque no hay nada más práctico para el alma que conocer al Señor. No hay nada que humille más nuestro orgullo, ensanche más nuestra mente, consuele más nuestras aflicciones y transforme más profundamente nuestra vida que la contemplación del Dios vivo y verdadero. El estudio más alto del cristiano no es el hombre, ni sus problemas, ni sus circunstancias, sino Dios mismo: su nombre, su naturaleza, sus atributos, sus obras, su gloria y su existencia eterna.

La contemplación de Dios humilla la mente

Cuando el hombre estudia otros temas, muchas veces cree dominarlos. Puede leer, analizar, comparar, explicar, y al final sentirse satisfecho con su propia capacidad. Puede llegar a pensar: “he aquí, soy sabio”. Pero cuando el hombre se acerca al conocimiento de Dios, sucede algo completamente distinto.

Aquí no estamos delante de un tema pequeño. Estamos delante del Dios infinito. Estamos delante de Aquel que no puede ser medido por la mente humana, ni contenido por nuestras palabras, ni reducido a nuestras categorías. Como dice Job: “Dios es grande, y nosotros no le conocemos” (Job 36:26). Y también: “He aquí, estas cosas son solo los bordes de sus caminos; ¡y cuán leve es el susurro que hemos oído de Él!” (Job 26:14).

Por eso, estudiar a Dios correctamente no produce arrogancia, sino humillación. El que verdaderamente contempla al Señor no sale diciendo: “cuánto sé”, sino más bien: “soy de ayer, y nada sé” (Job 8:9). La teología que no humilla no ha contemplado correctamente a Dios. El conocimiento que infla, pero no quebranta, no es el conocimiento santo del Dios vivo, sino una información religiosa mal usada por el orgullo del hombre.

Pues bien, esto es necesario recordarlo. Porque podemos estudiar los atributos de Dios con una mente fría, académica, distante, como quien estudia un concepto, pero no como quien se postra delante de su Señor. Y si esto sucede, habremos perdido el propósito mismo del estudio.

Conocer a Dios debe llevarnos a temerle, adorarle y reconocer nuestra pequeñez delante de Él (Pr. 9:10).

La contemplación de Dios ensancha el alma

Ahora bien, si el conocimiento de Dios humilla la mente, al mismo tiempo la expande. No hay tema más grande para el alma humana que el Señor mismo. El hombre que solo se afana por este mundo estrecho termina teniendo pensamientos estrechos, deseos estrechos, preocupaciones estrechas y esperanzas estrechas. Pero aquel que se ejercita en contemplar al Dios eterno aprende a mirar todas las cosas desde una altura distinta.

El conocimiento de Dios ensancha el alma porque nos saca de nosotros mismos. Nos libra de vivir encerrados en nuestras emociones, nuestros temores, nuestras necesidades y nuestras pequeñas ambiciones. Nos conduce a contemplar al Dios que creó todas las cosas, que sostiene todas las cosas, que gobierna todas las cosas y que ha revelado su gloria en el rostro de Jesucristo (2 Co. 4:6).

Por eso la Escritura no presenta el conocimiento de Dios como un lujo para cristianos estudiosos, sino como una necesidad para todo el pueblo del Señor. “Conozcamos, y prosigamos en conocer al Señor” (Os. 6:3). Este no es un llamado para algunos creyentes con inclinaciones doctrinales. Es el llamado de todo aquel que ha sido redimido por la gracia de Dios.

El cristiano no puede conformarse con saber lo mínimo de Dios. No puede vivir de frases vagas, conceptos heredados o impresiones superficiales. Debe crecer en el conocimiento del Señor, porque en esto consiste su gloria: no en tener fuerza, ni riquezas, ni sabiduría humana, sino en conocer al Dios que hace misericordia, juicio y justicia en la tierra (Jer. 9:23–24).

La contemplación de Dios consuela el corazón

Pero este conocimiento no solamente humilla y ensancha; también consuela. Hay heridas del alma que no son sanadas por la distracción. Hay aflicciones que no son aliviadas por consejos superficiales. Hay temores que no se vencen simplemente con fuerza de voluntad. El alma necesita contemplar a Dios.

La meditación en el Padre trae descanso en medio de la aflicción. La contemplación de Cristo trae bálsamo para la herida. La obra del Espíritu Santo trae consuelo en medio del mal. Por eso, cuando el creyente es abrumado por las pruebas, no necesita primeramente mirar más a sí mismo, sino mirar más al Señor.

El salmista dice: “En Dios solamente espera en silencio mi alma; de Él viene mi salvación” (Sal. 62:1). Y también: “Los que conocen tu nombre confiarán en ti, porque tú, oh Señor, no abandonas a los que te buscan” (Sal. 9:10). Notemos la relación: conocer el nombre de Dios produce confianza en Dios. La confianza cristiana no nace de la ignorancia, sino del conocimiento verdadero del carácter del Señor.

Muchas de nuestras ansiedades crecen porque conocemos muy poco a Dios. Muchas de nuestras quejas se alimentan de una visión pequeña de su bondad. Muchos de nuestros temores se fortalecen porque contemplamos más las olas que al Señor de las olas. Pero cuando el alma se sumerge en la inmensidad de Dios, sale renovada, fortalecida y consolada.

La ignorancia de Dios trae decadencia

La Biblia no trata la ignorancia de Dios como un asunto liviano. No conocer al Señor no es simplemente carecer de información religiosa. Es una condición peligrosa que siempre se asocia con decadencia moral y espiritual.

El profeta Oseas declara: “Mi pueblo fue destruido porque le faltó conocimiento” (Os. 4:6). Jeremías muestra que el pueblo se había vuelto fuerte para la mentira, pero no para la verdad, porque no conocían al Señor (Jer. 9:3). Y en otro lugar Dios reprende a su pueblo diciendo que eran necios, hijos ignorantes, sabios para hacer el mal, pero sin conocimiento para hacer el bien (Jer. 4:22).

Esto nos muestra una realidad muy seria: cuando el conocimiento de Dios se pierde, la vida se desordena. Cuando Dios no es conocido, el pecado se justifica, la adoración se corrompe, la obediencia se debilita y el pueblo se extravía.

Por eso, una iglesia que no conoce a Dios puede tener mucha actividad y aun así estar espiritualmente enferma. Puede tener programas, reuniones, estrategias y lenguaje religioso, pero si no crece en el conocimiento santo del Señor, terminará siendo movida más por la cultura, las emociones o las necesidades inmediatas que por la gloria de Dios.

La ignorancia de Dios siempre produce frutos amargos.

El conocimiento de Dios produce vida, rectitud y bendición

Así como la ignorancia de Dios se asocia con decadencia, el conocimiento del Señor se asocia con vida, rectitud y bendición. Conocer a Dios no es un adorno doctrinal; es una marca del pueblo redimido.

Jesús mismo dijo: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Jn. 17:3). La vida eterna no consiste solamente en vivir para siempre, sino en conocer al Dios verdadero por medio de Jesucristo. La salvación tiene una dimensión profundamente relacional: somos salvados para conocer, amar, adorar y disfrutar a Dios.

También el Señor dice: “Yo soy el buen pastor, y conozco mis ovejas, y las mías me conocen” (Jn. 10:14). El conocimiento de Dios no es meramente intelectual, sino personal y pactual. Dios conoce a los suyos, y los suyos conocen a su Dios.

Por eso Juan puede decir que quien dice conocer a Dios, pero no guarda sus mandamientos, es mentiroso (1 Jn. 2:3–4). Y también afirma que el que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor (1 Jn. 4:7–8). Es decir, el verdadero conocimiento de Dios transforma la conducta. No deja al hombre igual. No se queda en conceptos. Produce obediencia, amor, temor santo y comunión.

Dios solo puede ser conocido porque Él se da a conocer

Ahora bien, debemos preguntar: ¿cómo podemos conocer a Dios? La respuesta bíblica es clara: no podemos conocerlo por nuestros propios medios. Dios no es descubierto por la inteligencia humana, ni alcanzado por la especulación filosófica, ni deducido plenamente desde la creación. Dios es conocido porque Él se revela.

Nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar (Mt. 11:27). Nadie ha visto jamás a Dios; el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, Él le ha dado a conocer (Jn. 1:18). Esto significa que el conocimiento verdadero de Dios es un don de gracia. Dios se da a conocer a sus hijos por medio de su Hijo.

Ciertamente, la creación manifiesta algo de su gloria, poder y deidad (Ro. 1:19–20; Sal. 19:1). Pero este conocimiento es limitado y, por causa del pecado, el hombre lo distorsiona. Por eso necesitamos la revelación especial de Dios: su Palabra, el evangelio de Cristo y la iluminación del Espíritu Santo.

Dios se ha dado a conocer por medio del mensaje del evangelio. En Cristo vemos la gloria de Dios de una manera que la creación no puede mostrar por sí sola. En la cruz vemos su justicia, su amor, su misericordia, su santidad, su ira contra el pecado y su gracia para con los pecadores (2 Co. 4:4–6).

Por tanto, si queremos conocer a Dios, debemos ir a donde Dios ha decidido revelarse: a Cristo, a las Escrituras y al evangelio, dependiendo del poder del Espíritu Santo.

Dios promete dejarse encontrar por quienes le buscan

Aunque Dios no puede ser conocido por medios humanos autónomos, la Escritura también nos muestra algo precioso: el Señor promete dejarse encontrar por aquellos que le buscan.

“Buscad al Señor y su poder; buscad siempre su rostro” (Sal. 105:4). “Buscad al Señor mientras puede ser hallado; llamadle en tanto que está cercano” (Is. 55:6). “Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón” (Jer. 29:13).

Esto debe animarnos profundamente. En esta tarea no estamos delante de un Dios escondido que se burla del hombre, sino delante de un Dios que se revela, que llama, que invita, que abre su Palabra y que concede su Espíritu para que podamos conocerle.

La pregunta entonces no es si Dios ha dado medios para conocerle. Los ha dado. La pregunta tampoco es si Dios está dispuesto a darse a conocer. Él mismo lo ha prometido. La pregunta es: ¿tenemos nosotros disposición de buscar al Señor?

Porque muchos dicen querer conocer a Dios, pero no le buscan en su Palabra. Dicen querer crecer, pero no oran. Dicen querer entender sus caminos, pero no se sientan a escuchar su voz en las Escrituras. Dicen querer comunión, pero viven distraídos, acelerados y consumidos por este mundo estrecho.

Pues bien, conocer a Dios requiere una búsqueda seria, humilde, perseverante y reverente.

No es lo mismo conocer a Dios que conocer acerca de Dios

En este punto es necesario hacer una distinción de gran importancia: una cosa es conocer acerca de Dios y otra cosa es conocer a Dios.

Una persona puede estudiar la biografía de alguien, conocer la fecha de su nacimiento, saber quiénes fueron sus padres, cuáles fueron sus obras, sus gustos, sus palabras y sus costumbres. Pero eso no significa que lo conozca personalmente. Puede saber mucho acerca de él y, sin embargo, no tener ninguna relación con él.

De la misma manera, alguien puede estudiar doctrinas, memorizar atributos, manejar categorías teológicas, conocer debates históricos y repetir definiciones correctas, pero no conocer verdaderamente al Señor. Esto es terrible, pero posible.

Por eso debemos preguntarnos: ¿qué buscamos cuando estudiamos a Dios? ¿Queremos conocer a Dios o simplemente conocer acerca de Dios? ¿Queremos adorar o solamente acumular información? ¿Queremos ser transformados o solo tener respuestas correctas?

El conocimiento de Dios es personal, vivencial, experiencial y vivificante. No es menos que doctrina, pero es más que información. Es comunión con el Dios vivo. Es ser traídos por gracia a una relación real con el Padre, por medio del Hijo, en el poder del Espíritu Santo.

Por eso Pablo no dice simplemente que quiere saber más datos sobre Cristo. Él dice: “a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos” (Fil. 3:10). Pablo quiere a Cristo mismo. Quiere comunión con Él. Quiere ser conformado a Él. Quiere que todo lo demás sea considerado pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús su Señor (Fil. 3:7–9).

Debemos cuidar nuestras motivaciones

Al estudiar los atributos de Dios, debemos cuidar cuidadosamente nuestras motivaciones. Porque aun algo tan santo como este estudio puede ser torcido por el pecado del corazón.

Podemos estudiar para sentirnos superiores. Podemos estudiar para discutir. Podemos estudiar para ganar argumentos. Podemos estudiar para construir una reputación. Podemos estudiar para satisfacer curiosidad sin arrepentimiento. Pero ninguna de esas motivaciones honra al Señor.

Nuestra motivación debe ser la del apóstol Pablo: considerar todo como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo (Fil. 3:7–10). Debemos querer conocer a Dios porque Él es nuestro mayor tesoro, nuestra gloria, nuestra vida y nuestro bien supremo.

El Señor ha redimido a su pueblo para darse a conocer. David reconoce que Dios hizo grandes cosas por su pueblo para hacerse un nombre (2 S. 7:23). Pedro dice que hemos sido llamados de las tinieblas a su luz admirable para anunciar las virtudes de Aquel que nos llamó (1 P. 2:9–10). Es decir, fuimos salvados para conocer y proclamar el carácter glorioso de Dios.

Además, conocer al Señor tiene implicaciones prácticas. El conocimiento del Santo es inteligencia, y el temor del Señor es el principio de la sabiduría (Pr. 9:10). No hay verdadera sabiduría sin conocimiento de Dios. No hay vida ordenada sin temor de Dios. No hay adoración fiel sin revelación de Dios.

También debemos recordar las advertencias. La Escritura muestra que la falta de conocimiento trae juicio, exilio y ruina espiritual (Is. 5:13; Os. 4:6). Por tanto, buscar conocer al Señor no es opcional. Es una necesidad de vida o muerte para el alma.

Conocer a Dios es nuestra gloria

El mundo se gloría en muchas cosas. Algunos se glorían en su inteligencia. Otros en sus logros. Otros en su fuerza, influencia, dinero, reputación o conocimiento humano. Pero el Señor derriba toda gloria falsa y nos dice dónde debe estar nuestra verdadera gloria: “Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy el Señor, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra” (Jer. 9:24).

Esta es la gloria del creyente: conocer a Dios.

No hay tesoro mayor. No hay estudio más alto. No hay contemplación más necesaria. No hay conocimiento más transformador. Conocer a Dios humilla nuestra mente, ensancha nuestra alma, consuela nuestro corazón, ordena nuestra vida, fortalece nuestra obediencia y nos lleva a adorar.

Por eso, al comenzar a considerar los atributos de Dios, no debemos hacerlo con ligereza. No estamos entrando a un tema más. Estamos entrando, en la medida en que Dios nos lo permite, en la contemplación del Dios vivo. Debemos hacerlo con reverencia, con hambre espiritual, con temor santo y con gozo.

Quiera el Señor librarnos de la prisa de esta época. Quiera el Señor librarnos de una fe superficial, práctica en apariencia, pero pobre en conocimiento de Dios. Quiera el Señor darnos una iglesia que no se conforme con saber cosas religiosas, sino que anhele conocer al Señor mismo.

Y que al conocerle, podamos adorarle mejor, obedecerle con mayor fidelidad, anunciar sus virtudes al mundo perdido y decir con el profeta: nuestra gloria no está en otra cosa, sino en entender y conocer al Señor.

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