Diacono dando alimentos a una persona necesitada en la iglesia mostrando misericordia en la iglesia

10 lecciones para el ministerio de la misericordia en la iglesia

Hay asuntos en la vida de la iglesia que parecen sencillos hasta que la Palabra de Dios nos obliga a mirarlos con más cuidado. Uno de ellos es el ministerio de la misericordia. A primera vista podríamos pensar que todo se resume en dar ayuda a quien la pide, atender una necesidad visible, responder ante el sufrimiento y aliviar una carga. Pero Pablo, al escribirle a Timoteo sobre las viudas, nos muestra que la misericordia cristiana no puede ser un impulso sin discernimiento, ni una emoción sin justicia, ni una ayuda sin propósito (1 Ti. 5:3–16).

El Señor llama a su iglesia a ser un pueblo de misericordia, pero de una misericordia conforme a la Palabra. Una misericordia que distingue, que investiga, que restaura, que no consiente el pecado, que honra la piedad, que llama a la responsabilidad familiar y que busca que Cristo sea glorificado tanto en quienes dan como en quienes reciben (Dt. 10:18; Sal. 68:5; Sal. 146:9).

1. La misericordia no debe ser simplista

La primera lección que Pablo nos deja es que no basta con ver una necesidad para saber cómo debe ser atendida. El apóstol manda a reconocer a las viudas, es decir, distinguir quiénes eran verdaderamente viudas en el sentido de estar realmente desamparadas (1 Ti. 5:3, 5). No todas debían ser incluidas en la lista de sustento permanente de la iglesia, porque no todas estaban en la misma condición (1 Ti. 5:9).

Esto nos enseña que el ministerio de la misericordia no es un asunto tan simple como decir: “hay necesidad, entonces demos ayuda”. Es necesario afinar. Es necesario ver detalles. Es necesario investigar y comprender causas.

Una persona puede estar en pobreza por circunstancias que escapan de su voluntad, pero también puede estar allí por negligencia, pereza, indisciplina, planes mal pensados o pecados no tratados (Pr. 10:4; Pr. 13:4; Pr. 21:5; Pr. 21:17). La iglesia no debe ser dura ni indiferente, pero tampoco puede ser ingenua. La misericordia bíblica no cierra los ojos; más bien los abre para hacer un verdadero bien.

2. La verdadera necesidad debe ser reconocida con cuidado

La viuda en las Escrituras representa pobreza, aflicción y vulnerabilidad. Jeremías compara a Jerusalén destruida con una viuda, mostrando así la imagen de desamparo que carga esta figura en la Biblia (Lm. 1:1). Pero Pablo muestra que la iglesia debía reconocer quién estaba realmente sola, sin familia que la sostuviera, sin recursos, sin ayuda posible (1 Ti. 5:3–5).

De la misma manera, en la iglesia podemos pensar no solamente en viudas, sino también en ancianos, hermanos con discapacidad, enfermos, personas abandonadas o miembros que no tienen capacidad de sostén ni reciben ayuda de sus familiares. Pero antes de asumir una carga permanente, la iglesia debe preguntar: ¿es una necesidad inexcusable? ¿Hay familia que debe responder? ¿Hay pecados o circunstancias que deben ser atendidos? ¿Hay formas de restaurar la productividad y la dignidad de esta persona?

No se trata de sospechar de todos, sino de amar correctamente. La misericordia sin discernimiento puede terminar sosteniendo aquello que debía corregirse. Y la justicia sin misericordia puede abandonar a quien realmente debía ser cuidado (Mi. 6:8; Stg. 1:27).

3. La ayuda continua debe considerar la piedad del receptor

Pablo no solo considera la necesidad externa de la viuda, sino también su vida delante de Dios. La verdadera viuda pone su esperanza en Dios y persevera noche y día en oraciones y súplicas (1 Ti. 5:5). Su desamparo no la lleva al placer, ni a la amargura, ni al abandono espiritual, sino a buscar más profundamente refugio en el Señor.

Un ejemplo hermoso de esto es Ana, la profetisa, quien permanecía sirviendo a Dios con ayunos y oraciones, noche y día, y recibió al Señor Jesucristo cuando fue presentado en el templo (Lc. 2:36–38).

Esto es de suma importancia. No basta con ser necesitado; la necesidad debe producir una respuesta coherente con la esperanza cristiana. Debe verse oración, ruegos, piedad, humildad, dependencia del Señor.

Lastimosamente, muchas veces la aflicción no produce más búsqueda de Dios, sino más entrega al placer, más descuido, más queja, más dureza. Pablo dice que la viuda entregada al placer está muerta en vida (1 Ti. 5:6). En tales casos, la iglesia debe replantear la forma, la frecuencia y las condiciones de su ayuda. No porque quiera dejar de amar, sino porque quiere amar de una forma que no destruya el alma de quien recibe.

4. La familia tiene una responsabilidad delante de Dios

Pablo coloca la familia en el centro de este asunto. Hijos y nietos debían aprender primero a poner en práctica su religión cuidando a los suyos, y esto era agradable delante de Dios (1 Ti. 5:4). Esto no era simplemente una ayuda moral o un gesto noble; era parte de la obediencia cristiana.

Aquí el apóstol toma el principio del quinto mandamiento: honrar padre y madre (Ex. 20:12; Dt. 5:16). Nuestro Señor Jesucristo también reprendió a los fariseos porque, usando una supuesta piedad, anulaban el mandamiento de honrar a los padres y se excusaban de ayudarles (Mt. 15:5–6; Mr. 7:10–13).

Cuando éramos vulnerables, nuestros padres nos sostuvieron; cuando ellos son vulnerables, nosotros debemos sostenerlos. Hay una deuda moral de gratitud que no puede ser ignorada (1 Ti. 5:4).

Por eso la iglesia, antes de asumir ciertas cargas, debe revisar la situación familiar. No solamente porque los recursos deben administrarse con sabiduría, sino porque la iglesia podría terminar consintiendo una conducta anticristiana: hijos, nietos o familiares que abandonan a los suyos mientras esperan que la congregación cargue con lo que ellos han descuidado.

5. No proveer para los nuestros es una afrenta al evangelio

Pablo habla con una dureza inusual: quien no provee para los suyos, y especialmente para los de su casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo (1 Ti. 5:8). Esto muestra que el cuidado familiar no es un asunto menor, sino una evidencia de la integridad de nuestra profesión cristiana.

Esto también debe ser considerado en el ministerio de la misericordia. A veces el problema no es solamente que alguien no tiene recursos, sino que se niega a trabajar, siempre pone excusas, agranda las dificultades, no toma medidas responsables o aprovecha las circunstancias para justificar su pecado (Pr. 6:6–11; 2 Ts. 3:10–12).

En esos casos, la iglesia no ayuda verdaderamente si solo entrega dinero o alimento. Debe exhortar, enseñar, corregir y llamar a la obediencia. El trabajo pastoral y diaconal no consiste únicamente en proveer para necesidades, sino en evaluar si los hermanos entienden las implicaciones de su fe: trabajar, proveer, esforzarse, cuidar a los suyos y vivir de forma digna del evangelio (Ef. 4:28; Col. 3:23).

6. La misericordia debe honrar una vida de santidad y servicio

Cuando Pablo habla de las viudas que podían entrar en la lista, no solamente menciona edad y necesidad, sino también un historial de conducta cristiana. Debían ser mujeres mayores de sesenta años, fieles a su esposo, reconocidas por sus buenas obras, por criar hijos, practicar la hospitalidad, lavar los pies de los santos, ayudar a los afligidos y dedicarse a toda buena obra (1 Ti. 5:9–10).

Esto nos muestra que la misericordia de la iglesia no debe premiar la ociosidad, sino honrar la piedad. La viuda incluida en la lista no era simplemente una mujer mantenida por la iglesia; era una mujer que había sido un recurso espiritual para el cuerpo de Cristo. Su vida daba testimonio. Su hogar había sido útil. Sus manos habían servido. Su conducta había adornado el evangelio.

De allí que el ministerio de la misericordia debe exaltar y reforzar una vida íntegra: en el hogar, en la vida privada, en la comunión con los hermanos, en la ayuda al que sufre y en toda oportunidad para hacer el bien (Tit. 2:3–5; Gá. 6:10).

7. La misericordia no debe alimentar la ociosidad ni el pecado

Pablo advierte que ciertas viudas jóvenes, si eran incluidas en la lista, podían volverse ociosas, andar de casa en casa, ser chismosas, entrometidas y hablar cosas que no convenían (1 Ti. 5:11–13). En esas condiciones, sostenerlas de forma permanente no las haría mejores cristianas, sino peores.

Esto nos permite hacer una pregunta necesaria: ¿puede el ministerio de la misericordia, bajo ciertas condiciones, convertirse en un peligro para algunos hermanos? La respuesta bíblica es que sí. Una ayuda mal aplicada puede fortalecer la dependencia malsana, justificar la negligencia, consentir el ocio y dar lugar a otros pecados (2 Ts. 3:6–12).

Es probable que alguien piense: “la iglesia me va a sostener, así que no necesito esforzarme”. Pero eso es tratar la provisión de Dios como algo común. El ministerio de la misericordia es una extensión de la gracia de Dios hacia los hermanos; aprovecharse de ella, manipularla o menospreciarla es una afrenta al Señor (Jud. 4).

8. La misericordia debe dirigir a la productividad y la santidad

Pablo no abandona a las viudas jóvenes, pero sí les señala un camino distinto: casarse, criar hijos, gobernar su casa y no dar ocasión al adversario (1 Ti. 5:14). Es decir, la misericordia debía dirigirlas hacia un estado productivo y santo, no hacia una dependencia innecesaria.

Aquí hay un principio precioso para la iglesia: ayudar no siempre significa sostener indefinidamente. A veces ayudar significa acompañar a la persona para que salga de una condición de improductividad, asuma responsabilidades, ordene su vida, sirva al Señor y deje de ser una carga innecesaria.

La misericordia significa más que meras transacciones económicas. Significa procurar una vida que glorifique a Dios en integridad, productividad y obediencia (Tit. 2:11–12).

Dar pescado puede ser necesario en una emergencia. Pero enseñar a pescar, formar carácter, prevenir el daño y restaurar la dignidad también pertenece a la misericordia bíblica.

9. La misericordia debe edificar a toda la iglesia

A veces se piensa en el ministerio de la misericordia como si fuera un asunto privado entre los diáconos y una persona necesitada. Pero Pablo nos muestra que este ministerio tiene una dimensión congregacional y espiritual. Cuando la iglesia ejerce misericordia, usa los recursos de la casa de Dios para cuidar a los miembros de la familia de Dios (Hch. 6:1–6; 1 Ti. 3:8–13; 1 Ti. 5:16).

Por eso no es participar por participar, ni recibir por recibir. El que recibe debe hacerlo con gratitud, gozo, humildad y arrepentimiento cuando sea necesario. El que da debe hacerlo como quien ruega tener parte en esta gracia, no como quien piensa que otros ya están haciendo suficiente (2 Co. 8:1–5; 2 Co. 9:6–8).

Un mismo acto puede encerrar motivaciones opuestas. Para unos, la misericordia recibida puede ser una muestra de la bondad de Dios que los mueve a gratitud. Para otros, puede convertirse en una oportunidad para sacar ventaja de su pobreza. Para unos, ofrendar puede ser un gozo espiritual. Para otros, no participar puede ser una excusa cómoda.

Seamos sabios y entendidos sobre esto. La misericordia debe procurar el bien de la iglesia y la gloria de Dios (1 Co. 10:31; Ef. 4:12–16).

10. La misericordia debe reflejar la gracia restauradora de Cristo

Finalmente, toda misericordia de la iglesia debe nacer del Dios de misericordia. El Señor es defensor de la viuda, Padre de huérfanos, protector del extranjero y sustentador de los necesitados (Dt. 10:18; Sal. 68:5; Sal. 146:9). Por eso su pueblo no puede cerrar el corazón ante quien padece. Debe ser un pueblo compasivo, pero también celoso de la justicia (Dt. 24:17–22; Dt. 27:19; Stg. 1:27).

Nuestras emociones deben estar medidas por los parámetros de la Palabra de Dios. No para apagar la compasión, sino para hacerla más limpia, más sabia y más eficaz (Mi. 6:8).

Y debemos mirar a Cristo. Él, siendo rico, por amor a nosotros se hizo pobre, para que por su pobreza fuéramos enriquecidos (2 Co. 8:9). Él vio nuestra pobreza más profunda, nuestra miseria espiritual, nuestra enfermedad incurable, y en la cruz expresó la misericordia más grande (Is. 53:4–5; 1 P. 2:24).

Pero esa gracia no nos deja iguales. Nos restaura. Nos santifica. Nos enseña a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos (Tit. 2:11–12). Nos hace ricos en Él con las riquezas celestiales que se hallan en Cristo Jesús (Ef. 1:3; Ef. 2:4–7).

Por eso, el ministerio de la misericordia en la iglesia debe ser un eco de la misericordia restauradora de Jesús. Una misericordia que consuela, pero también corrige. Que sostiene, pero también dirige. Que da, pero también pastorea. Que atiende la pobreza, pero busca frutos. Que mira la necesidad, pero no pierde de vista la santidad.

¡Quiera el Señor darnos una iglesia que se distinga por esta clase de misericordia: una misericordia con discernimiento, con justicia, con compasión, con fruto y con Cristo en el centro!

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